Eduardo Huchín Sosa
Los seres humanos no alcanzamos a entender la muerte simple.
El deceso porque sí. Exigimos

La muerte siempre da motivos para pensar. Dice Manolito (aquel cicatero amigo de Mafalda) que a él le interesa la vida “no los extremos de la vida”. El problema es que la demás gente sí está obsesionada con esos extremos. Nacer y morir son los dos acontecimientos que no sólo reúnen a nuestros parientes —personas que difícilmente coincidirían bajo un mismo techo— sino que sirven para resumir una biografía. Son como las escrituras de un predio: marcan nuestro radio legal de acción. Por eso cuando los historiadores dudan del año de fallecimiento de algún personaje —y recurren al signo de interrogación (1932-¿1978?)—, en el fondo temen que siga con vida.
A todo mundo le aterra la idea de morir, y quizás sea ese miedo a desaparecer de la faz de la Tierra lo que sostenga la necesidad de consumir decesos ajenos a través del cine fantástico. Es con la ficción, como la gente experimenta el horror de un asesinato detallado sin exponer su integridad física. Y es el género del terror —que lo mismo explota zombis que niños poseídos— el encargado de recordarnos que la muerte existe y de hacernos creer que se da en las circunstancias más inverosímiles.
De todas las formas de defunción, el cine clásico de terror ha popularizado las posibilidades más remotas (monstruos, asesinos seriales, un pacto con el rey de las tinieblas). De ese modo, el celuloide nos plantea un universo reconfortante donde es un holocausto zombie y no la estupidez humana el mayor peligro sobre la Tierra. Y se trata de una condición tan alejada de la realidad que hasta nos produce alivio.
Con sus villanos entrañables, el cine de terror explota la necesidad, muy humana, de una muerte barroca, complicada, siempre extraordinaria, y donde la tragedia llegue envuelta en un empaque complicado de abrir. Freddy se mete en los sueños y Chucky necesita un cuerpo donde alojar esa alma de criminal que no le cabe en el plástico. Los asesinos múltiples esconden a moralistas obsesivos o a un criminal recién bañado en una sustancia radioactiva, no hay sujetos comunes y corrientes que en una mala tarde se pasan un alto.
En los filmes de terror nadie muere absurdamente como sí a veces sucede en la realidad. En la medida en que necesitamos explicaciones, los guionistas revelan con cada película una maquinaria malévola que justifique la desaparición de cualquier extra. Es la presencia siempre consciente de la muerte lo que nos aterra, no importa si como en las historias de Stephen King, se tenga que recurrir a cementerios navajos, a niños autistas con poder de telequinesis o a extraterrestres.
De duendes malditos a enfermos terminales que proponen juegos macabros, el cine de terror, como los Papas, parece ser afecto a los números romanos: Lepechaun II, Saw VI, Friday the 13th IV, Puppet Master VIII, Hellraiser V. Esto no sólo nos dice que siempre habrá formas de perecer mientras haya sangre de utilería y suficientes muchachas que salgan corriendo con la ropa hecha jirones, sino que la muerte sobrevive a todo y necesita de sagas que atraviesen generaciones enteras pues nunca se da abasto con la palabra “Fin”. (La secuencia de créditos parecería decirnos que después del reparto, la Muerte irá tras sonidistas y camarógrafos).
Por último, no puedo concluir este texto sobre el cine de terror sin referirme a una película que paradójicamente no es de terror: Bill y Ted. En esta cinta los protagonistas no sólo vencen a la Muerte sino que logran que toque con ellos en un concierto de rock. Mientras la música se escucha, portadas de periódicos y revistas dan cuenta del futuro éxito de la banda. La más célebre noticia de esa galería reza: “La Muerte grabará como solista”. No olvido esa línea porque me recuerda que aún cuando la Muerte interpreta la música de fondo en nuestras sociedades (trabajamos, nos reproducimos, creamos para no morir del todo), el cine de terror, la literatura del miedo, nos reencuentran con esa muerte solista, virtuosa ejecutante de un estribillo que algún día nos sonará conocido.
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